martes, 14 de julio de 2009
Así no se echa a perder
Me levanté del más frío sueño, el sudor parecía brotar a litros, las manos me temblaban como si un terremoto estremeciera mi ser. Yo era un perro y el miedo era mi dueño, entre tantas penas una era la que más me agoviaba, una sensación de vacío, mis entrañas imploraban algo, algo con que saciar aquella hambre atroz. La luna más brillante que cualquier otra noche de delirios homicidas alumbraba con una tenue luz el camino abismal de mi cuarto a la cocina. Abrí la nevera, moví unas latas, un par de frascos y algunas bolsas y de pronto vi algo que llenó de una vez esa necesidad irracional de alimentarme. Mi pecho encontró más calma de la que se puede hallar en cualquier tumba, era mi trofeo, tu regalo, la recompensa a todo el sufrimiento y el dolor, era tu corazón en mi refrigerador.
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