martes, 14 de julio de 2009

Los siete pecados

Ante la incertidumbre de la existencia del otro, sólo queda el elogio a uno mismo

En la soledad buscar la felicidad por medio del placer carnal de los fantasmas

El deseo desmedido por las posesiones terrenas ante la imposibilidad de poseer a alguien

Poseer aquello que tienen lo que yo no, el afán interminable de complementarme

La insatisfacción corpórea, la insaciedad del alma, el hambre eterna

La fuerza del instinto que se expresa por el dolor a la soledad

La asimilación de la soledad y la quietud ante atroz vorágine y castigo

Así no se echa a perder

Me levanté del más frío sueño, el sudor parecía brotar a litros, las manos me temblaban como si un terremoto estremeciera mi ser. Yo era un perro y el miedo era mi dueño, entre tantas penas una era la que más me agoviaba, una sensación de vacío, mis entrañas imploraban algo, algo con que saciar aquella hambre atroz. La luna más brillante que cualquier otra noche de delirios homicidas alumbraba con una tenue luz el camino abismal de mi cuarto a la cocina. Abrí la nevera, moví unas latas, un par de frascos y algunas bolsas y de pronto vi algo que llenó de una vez esa necesidad irracional de alimentarme. Mi pecho encontró más calma de la que se puede hallar en cualquier tumba, era mi trofeo, tu regalo, la recompensa a todo el sufrimiento y el dolor, era tu corazón en mi refrigerador.

¿Quién dice que no existen los vampiros?

Te notas de día con una mirada tan dispersa e ida, tu alma conversa con todo aquello que no puedes ver y tú te acabas la vida, esperas a que la oscuridad camine por la ciudad y que el vicio esté al servicio de quien lo disponga. Esperas el momento en que el ruido y las luces te fundan con la masa, haciendo del caos tu casa y del delirio tu alimento, y el momento hace propicio el consumo de cualquier sustancia que te lleve al precipicio. Cuando todo acaba, (si es que en un momento acaba) tu cuerpo se lava con el eco del aire seco y con la adrenalina que emana del espirítu del fin de semana