Aquí siempre tiembla -pensó Ramiro mientras bajaba las escalera del edificio rodeado de un montón de oficinistas como él-
Una molesta alarma que, precisamente, anunciaba que un sismo estaba en progreso no dejaba de sonar, Ramiro iba cabisbajo con las manos dentro de los pantalones y con la mirada perdida en dirección a los escalones, al llegar a la calle con sus demás colegas, volteó hacia arriba para ver si podía distinguir, en esta ocasión, los efectos del temblor sobre los edificios, pero todo le parecía normal. Todo estaba en constante e incesante movimiento, para él estaba todo como siempre: temblando.
Los temblores espantan más a la gente que vive en zonas con edificios grandes, porque la experiencia dicta que esas construcciones tienden a caerse y entre más grandes en tamaño, más grande es el derrumbe, en cambio la gente de pueblo, la gente de casas humildes y construidas casi de palo no teme a los sismos, en raras ocasiones logran tumbar sus hogares y si eso ocurre se erigen unos cuantos ladrillos, unas varas y el hogar, pobre hogar, vuelve a estar en pie.
Ramiro es de los que no se espantan con los temblores, en primer lugar porque se crió en uno de los pueblos más humildes del país y en segundo termino, porque para él tiembla todo el tiempo.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario